Y … Clara.

Naces niña en la modestia, hija de contable y de modista, profesiones ambas modelo de constancia y humildad. A los 10 años quedas huérfana de padre, coges la aguja, atiendes, vendes y trabajas para ayudar a comer a tu familia; como tantos, como todas.

Estudias y opositas y sacas una placita, lejos, de “auxiliar femenino de segunda” (me pregunto si habría una inferior) y allá vas. Promocionas y enseñas y aprendes francés y trabajas en un periódico de secretaria del jefe.

Te sigue interesando el mundo y los demás, y no te paras, y participas y conoces a Carmen, que se tenía que llamar Perico de los Palotes para poder escribir.

Y vas a la Universidad y fundas dos asociaciones y resulta que eres la primera abogada en defender un caso ante el Tribunal Supremo, y la primera mujer que dirige el Ateneo y la primera mujer que habla en el Congreso español, tan solo dos mil años después de que la democracia se instaurara en Atenas.

Y eres elegida diputada en Cortes (sin poder votar, pero sí ser votada) y ayudas a redactar una Constitución y logras con tu trabajo que ésta establezca los principios de igualdad y no discriminación por razón de sexo.

Y que se apruebe el divorcio y el sufragio universal (solo masculino, eso sí, como si lo femenino fuera, no ya extraterrestre, si no de fuera de todo, incluso de cualquier universo).

E insistes y convences; y vences incluso a la mismísima Victoria, por cierto un uno de octubre, y olé ahí, ya está bien, las mujeres pueden votar. Por ti y por todas tus compañeras, las que lucharon antes, contigo y las que vendrán.

Y sigues, y argumentas y luchas contra la prostitución y la explotación sexual como ahora, solo que casi 100 años antes de ahora.

Y, aún siendo radical, te mantienes firme frente a su alianza con los desmanes de la C.E.D.A y las matanzas en Asturias (porque la República también fue de derechas, cosa que olvidan muchos de sus críticos) y, aunque siendo republicana y socialista, te opones al gobierno por su deriva.

Y llega la guerra, y resulta que tienes que huir por miedo a los rojos, por hacer frente al mismísimo Frente Popular. Y resulta que ganan los negros, y te condenan a 12 años de cárcel por roja y masona.

Y llega la larga noche de los cuarenta años de hielo, y no puedes volver a España, has volado al exilio.

Y pasa la vida, y llega la muerte y llega, aún tarde y en murmullo creciente, la honra y el reconocimiento que siempre mereciste.

Y lo mereciste como niña, huérfana, modista, dependienta, auxiliar femenina de 2ª, estudiante, profesora, secretaria, periodista, abogada, diputada, redactora constituyente, anti esclavista, radical, republicana y socialista.

Y llega tu sonrisa en la moneda que ahora veo, que dice que vales por veinte.

Y resulta que llegan otras 20 generaciones de mujeres libres, que juntas multiplican por 1.000 el valor que tú heredaste. Y luego tendrán que llegar otras 200 generaciones de mujeres más libres y nacerá una niña y … .

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